Revista Trimestral

DEL CONSEJO DE GUERRA AL EXILIO

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Por: Luz Bibiana Pineda R.**

Fotografía: Luz Bibiana Pineda R.

De andar lento y hablar pausado; de modales recatados y pocas, pero certeras palabras. De decisiones firmes y convicciones rotundas; de hondos afectos y solidaridades profundas. Con su dulce risa y sus alegres ojos negros derriba muros y ablanda corazones. Una mujer hecha ternura que cree que ésta es la mejor arma para salvar el mundo. Una mujer valiente, de ideales nobles que vive de la única forma que sabe vivir; esto es, con coherencia. Ella es Amelia Bohórquez.

 

Cuando el avión en el que viajaba junto a su compañero Santiago y su pequeño hijo Lucas aterrizó en el aeropuerto de Barajas, en Madrid, pensó que ese sería un viaje breve, que su estancia era temporal y que pronto estaría tomando el vuelo de retorno a su tierra, para ver crecer junto a su raíz al pequeño Lucas y a Inés, la hija de tres meses que traía en el vientre. Pero no. No fue así, Amelia nunca regresó. Hoy, han pasado 32 años y las circunstancias de su vida han cambiado. Sus hijos se han abierto paso en España; Lucas, es un artista musical que hace año y medio la hizo abuela; e Inés, es una joven madrileña de cultivada formación, que dedica su vida a la orientación infantil; de tal forma que regresar es una posibilidad que Amelia contempla cada vez más difusa, aunque el amor por su tierra no le permite descartarla totalmente.

Creció en medio de la convulsión política, social y económica que dejó el 9 de abril en nuestro país. Como miles y miles de historias de desplazamiento, exilio y desarraigo que desde hace más de setenta años nos regala la intolerancia en Colombia, la de Amelia es una vida tejida como un collage con todos los ingredientes que la lucha por la supervivencia y la inequidad aporta. Es la quinta hija de una pareja boyacense, ella ama de casa y él militar quien le enseñó la importancia del respeto al prójimo. Huyeron de la violencia en el campo, abandonaron su tierra y sus pertenencias para aterrizar en Bogotá, en el intento de, además de salvar sus vidas, ofrecer un mejor futuro a sus seis hijos, nacidos casi todos cuando la familia ya se había establecido en la capital.

 

Creció escuchando a sus hermanos mayores hablar de la injusticia social, de la realidad del país, de los ricos, de los pobres, de la desigualdad, del hambre, de la paz, de la guerra, de los desplazados, de los amenazados, de los muertos, de los desaparecidos, de los torturados, de los presos políticos, de la clandestinidad, de la necesidad de tomar partido por una causa y de la obligación moral con el país de movilizarse en pos de unas convicciones humanistas y de luchar por ellas hasta las últimas consecuencias. De tal forma que con sus 18 años próximos a cumplir, asumió con total naturalidad el rol de tener que visitar semanalmente a Julia, su hermana mayor, encarcelada en el cuartel militar del Batallón de Artillería cercano a La Picota, al sur de la capital.

 

Allí esperaba para ser juzgada por rebelión, en el Consejo Verbal de Guerra que el Estado colombiano seguía a 219 miembros del Movimiento guerrillero 19 de Abril, M-19; pues sus hermanos mayores despertaron a la vida formando parte de ésta organización y de los seis, Amelia la fue la única que se quedó en la retaguardia sin pasar de simpatizante o colaboradora.

 

Hizo parte del grupo que, a través del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos ofrecía apoyo logístico, alimenticio y económico a los detenidos que venían de otras ciudades, así como a sus familiares; pues, para la celebración del Consejo Verbal, el Estado había concentrado a todos los insurrectos en la Penitenciaría Nacional de La Picota, a los hombres y, a pocos metros de allí, en el Batallón de Artillería, a las mujeres. De tal forma que cuando Amelia y su hermana pequeña salían del Batallón de visitar a su hermana, cruzaban la calle y, a escasos metros y con la ayuda de la madre de un preso, entraban a La Picota para ver a los detenidos que, por venir trasladados, no tenían quien los visitara.

 

Así fue que una tarde, a finales de septiembre de 1980, y movida por la historia que su hermana menor le contó sobre Santiago (un miembro de la Dirección Regional del movimiento en el Valle del Cauca, a quien el ejército torturó colgando de los brazos y arrancándole los dientes -entre otras prácticas habituales en la tortura por parte de los militares-) entró al pabellón 2 del segundo patio preguntando por ese caleño que, al venir de otra ciudad y llevar ya casi un año interno, no tenía prácticamente acudiente en su encierro.

Las visitas ocasionales se convirtieron en semanales, cuando una tarde, pasando el control de la requisa, Amelia se luxó un tobillo y fue Santiago, licenciado en Educación Física, quien la “sobó”, para beneplácito de ella, que ya suspiraba por aquel caleño que la comenzaba a conquistar con artesanías hechas especialmente para ella en los talleres que los presos políticos tenían en su pabellón de la cárcel.

El romance se afianzaba mientras la represión por parte de las fuerzas militares crecía y se hacía prácticamente titánica la actividad del Comité de Ayuda a los Presos y sus familiares. La casa materna de Amelia fue allanada en varias ocasiones, su madre retenida e interrogada, todos fueron víctimas de hostigamientos, persecuciones, seguimientos y demás tipos de acoso sicológico por parte de las Fuerzas Militares. Al no aguantar más la persecución, sus hermanos varones abandonaron la universidad y pasaron a la clandestinidad y su hermana pequeña pasó del bando de simpatizantes, al de militantes, y también cruzó el umbral de la clandestinidad.

 

Entretanto, Amelia frenteaba la situación en casa con sus padres -al borde de la locura- y dividía su tiempo entre el estudio y, de manera puntual, visitar semanalmente a su hermana y a Santiago, que para ese entonces ya era su compañero de vida. Mientras el Consejo avanzaba y la represión continuaba para la familia, una mañana al salir de misa, Amelia le confesó a su madre que estaba embarazada. Sin plantearse más futuro que salir adelante con su bebé, contó con el apoyo incondicional de Santiago, quien de manera inmediata asumió su responsabilidad y la protegió con su amor y con el fruto de su trabajo en la cárcel.

 

Al interior de la organización el hecho se recibió con alegría, pues no fue un caso aislado ya que la época de La Picota desató un “baby boom” que bien valdría la pena un análisis más profundo. Allí se gestaron muchos hijos del eme, de parejas consolidadas, de relaciones afianzadas en el tiempo y la distancia, algún otro caso con tintes similares al de Amelia y Santiago, aunque el de ellos fue excepcional.

También se presentaron hechos curiosos de mujeres anónimas que dada la coyuntura se fueron acercando a algunos miembros en busca de algo más que amistad; otras, que llegaban con el único objetivo de embarazarse de alguno de los dirigentes por todo lo romántico y llamativo que podía suponer tener un hijo de estos líderes atractivos, inteligentes y carismáticos; y algunas que se conformaban solo con tener un hijo de un guerrillero, nada más.

 

Como el caso de Amelia no se enmarca en ninguno de éstos parámetros, el de ella fue recibido con gran aceptación dentro de la organización y así fue que Lucas llegó al mundo, después de un duro trabajo de parto, a finales de mayo de 1982, con toda la aceptación de sus padres y sus círculos de afectos.

 

El exilio

 

Fotografía :Luz Bibiana Pineda R.Al levantar el Estado de Sitio y por pena cumplida, Santiago salió de la cárcel y se fue para Cali a colaborar con la Comisión de Paz creada por el Gobierno de Belisario Betancur, para trabajar en el proyecto de la inclusión política de la organización y, la historia de amor y familia que podía haber empezado “normalmente” en ese momento, se quedó suspendida en el tiempo por el pánico que significó para Amelia ver cómo el padre de su hijo comenzó a ser víctima de seguimientos, persecuciones y amenazas de muerte por parte del MAS (Muerte a Secuestradores).

 

Los desgarros de rabia e impotencia se hacían cada vez más palpables en el ánimo de la joven que, además de sufrir el peligro inminente de muerte de su compañero, de ella misma y de su hijo, tenía que visitar a sus dos hermanas en la cárcel. A Julia, que aun no recobraba su libertad luego del Consejo de Guerra y a Vicky, la pequeña, quien había sido capturada, torturada y ahora esperaba juicio en la cárcel de mujeres El Buen Pastor.

 

A finales del año 1982 Santiago es víctima de un atentado y los mismos miembros del Gobierno con los que colaboraba en la búsqueda de la paz en Colombia, le aconsejaron salir del país “temporalmente”.  Pocos días tuvieron para tomar la decisión. Amelia se negaba a abandonar a su familia con quien tenía fuertes lazos de unión, pero las amenazas la obligaron a tomar una decisión que jamás había contemplado. Así es como se centró en el inmenso amor que la unía a Santiago y en la obligación de que Lucas e Inés, que ya venía en camino, crecieran junto a su padre. No tuvo más opción que cerrar los ojos y ponerse en manos de su compañero, quien movió contactos y a través de la ACNUR, en colaboración con la Comisión Internacional de Migraciones, y la Cruz Roja Internacional, consiguieron finalmente, después de días de tocar puertas en varias embajadas, que España fuera el único país que accediera, con ciertas reticencias, a recibirlos a ellos y a un grupo de 30 personas (incluidos niños) desmovilizadas de la organización que se encontraban en igual situación que ellos. Y así, con una bolsa de mano y en medio de una nevada, aterrizaron en Europa el 28 de diciembre de 1983, sin pasaje de regreso, pues la ayuda recibida no incluía la vuelta atrás.

 

Acogidos por razones humanitarias y, después de estar todo el día en el aeropuerto, gracias a la presión ejercida por organismos de derechos humanos, lograron entrar, pues eran considerados terroristas que llegaban a apoyar a la banda ETA (Euskadi Ta Askatasuna -País Vasco y Libertad-). De hostales y apartamentos compartidos, mientras lograban documentos que les permitieran trabajar (la condición de refugiado no otorga el derecho al trabajo) y contando además con la ayuda de algunos contactos tejidos en Colombia, lograron que Lucas fuera al jardín infantil y Amelia hiciera el curso de preparación al parto, pues a los pocos meses de aterrizar, lnés llegó al mundo.

Aprovechando todas las oportunidades de cursos que el Estado español ofrecía a los refugiados, la pareja se dedicó a estudiar cuanto curso se ofertaba y, al “rebusque” mediante la venta de productos artesanales. Debido a la inestabilidad  económica, no todos los cursos que Amelia emprendió los pudo terminar con éxito, pero finamente y luego de mucho esfuerzo, dado a las difíciles condiciones para acceder al trabajo, Amelia se graduó como Técnica Especialista en Jardín de Infancia.

 

Casi 15 años tuvieron que pasar para que ella y su familia obtuviera la nacionalidad española y con ella el derecho a acceder a trabajos cualificados. Hoy, como empleada de una escuela pública infantil, Amelia asegura que sentirse valorada y respetada, ser parte integral de la sociedad española y poder mirar en la distancia la inestabilidad económica, política y social de Colombia, es una de las grandes razones por las cuales no contempla con firmeza la posibilidad de un regreso a sus raíces.

 

Con más de la mitad de su vida hecha fuera de Colombia, luego de 32 años en el exilio, esta bogotana siente que su corazón sigue allí, pues sabe que el calor humano de la raíz no se encuentra en ninguna parte. Sabe lo difícil que es hacerse a un mundo desconocido y aun así, cuando echa la mirada en retrospectiva, concluye que le gusta Madrid, la ciudad en la que ha visto crecer a sus hijos en paz, con seguridad, con tranquilidad, con todas las necesidades básicas garantizadas, en un Estado organizado de tal manera que el ciudadano tiene la garantía de poder ejercer sus derechos sin que por ello se convierta en un perseguido político.

 

El exilio no ha minado ni en ella, ni en Santiago, su compañero en la aventura de la vida, el espíritu contestatario, reivindicativo, humanista y del lado de la defensa de la vida por encima de cualquier color político. Por su casa, una especie de “embajada” siempre abierta de la izquierda desterrada de Colombia, han pasado cientos de líderes y activistas políticos colombianos que, al igual que ellos, la intolerancia no ha dado otra opción que el exilio. Y es que su convicción en la defensa de la vida,  la libertad y la justicia sigue intacta y, desde otros escenarios de activismo político, trabajan a diario para que las razones de su exilio algún día se agoten para heredar, al fin, un mundo más igualitario a sus nietos.

 

*A petición de la entrevistada, los nombres usados no son reales.

*Blog de la autora:www.ypensandolobien.com

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