Revista Trimestral

EL MIEDO ES COMO UN LADRÓN

< volver a la publicación

< volver a la sección

Desde el exilio, la quindiana María Nancy Valencia Rodas busca resaltar el papel de las mujeres en la construcción de la paz y su importancia para entretejer nuevas sociedades y distintas maneras de ver la vida. Opina que a partir de la alegría y la cultura las mujeres colombianas en el refugio pueden jugar un papel muy importante, no sólo para la paz en Colombia, sino como ejemplo para las mujeres exiliadas en el mundo. Segura está que el victimismo -que no deja que las heridas se curen- tiene que abrir paso al empoderamiento de sentirse sujetas políticas y no permitir que el miedo, como un ladrón, les quite las ganas de vivir.

 

Por: Luz Bibiana Pineda R.

www.ypensandolobien.com

 

 

         Foto: Archivo María Nancy Valencia.

 

El terremoto que el lunes 25 de enero de 1999 afectó de manera brutal los departamentos de Quindío y Risaralda en el Eje Cafetero colombiano y que, entre otras cosas, acabó con gran parte de la infraestructura administrativa y social de la ciudad de Armenia (cerca de 2 mil muertos y más de 4 mil damnificados), fue el punto de partida para que el liderazgo comunitario, que a través de Acción Comunal ejercía la trabajadora social María Nancy Valencia Rodas en Armenia, se dimensionara tomando cuerpo a nivel nacional.

 

El mismo día del sismo se dio a la tarea de ayudar en el conteo de víctimas y facilitar el acceso de las miles de personas a los improvisados comedores comunitarios que se fueron instalando en la ciudad. En cuanto comenzaron a llegar las ayudas, colaboró en el censo y organización de las comunidades, así como en la mediación para que la ayuda fuera invertida realmente en suplir las necesidades más básicas de la población afectada y no, como es lo habitual en los casos de emergencia en el país, el dinero fuera a parar a manos de funcionarios corruptos.

 

En cuanto se creó el FOREC (Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero), María Nancy fue llamada a vincularse activamente en ese proyecto y a colaborar con la Universidad Nacional en el fortalecimiento de los tejidos sociales que, a causa del terremoto se vieron notablemente afectados; porque, aunque el FOREC sí que construyó viviendas y apoyó la reconstrucción de la ciudad, el desempleo y la desocupación de la población fue tan grande que el resquebrajamiento y deterioro de la sociedad no se hizo esperar.

 

La precariedad y la alta tasa de desocupación permitieron que los jóvenes se convirtieran en carne de cañón para los distintos actores armados, lo que llevó a que de manera conjunta la Gobernación del Quindío, Diálogo Democrático, Acción Social y Planeación Municipal, instalaran las Mesas de Trabajo por la Paz que ella, representando a la sociedad civil y a ONG’s presentes en la zona, coordinó, gracias al conocimiento que tenía de la ordenación territorial y al enfoque social y cultural que tenían de la zona.

 

Es entonces cuando el trabajo de María Nancy en las Mesas llama la atención de REDEPAZ (Red Nacional de Iniciativas Ciudadanas por la Paz y contra la Guerra), quienes se interesaron principalmente en el proceso que se estaba llevando a cabo por medio de Acción Solidaria, en la formación de líderes comunitarios para la participación política. Es por este canal por el que María Nancy pasa a ser la Coordinadora Regional para el Eje Cafetero de REDEPAZ, dimensionando y multiplicando los procesos de las Mesas de Trabajo por La Paz, en un ámbito más amplio que el local.

 

Resistencia civil y mecanismos de participación

 

La resistencia civil en Colombia tiene un momento especialmente activo en el año 2002 cuando muchos pueblos pequeños, hartos de la crueldad de la guerra interna y la presión ejercida por todos los sujetos interesados en el conflicto armado en el país, se unen y sin más armas que sus pañuelos blancos y la necesidad de subsistencia, se resisten a seguir siendo objeto de desplazamientos, masacres y desapariciones. Y allí, junto a esos pueblos que se resistían a la guerra, ofreciendo herramientas para su organización, estaba María Nancy, acompañando entre otras acciones por parte de REDEPAZ, al movimiento Pensilvania Ciudad Viva, en Aguadas (Caldas); apoyando la organización de acciones como la Constituyente de los Niños por la Paz y, trabajando en la consolidación de procesos adelantados en comunidades indígenas como la Embera Chami en el resguardo Sipirra y Lomaprieta, en Riosucio (Caldas).

 

La intimidación y la Marcha de la CPU

 

Uno de los grandes interrogantes que siguen asaltando a María Nancy, luego de doce años de exilio, es ¿por qué se volvió incómoda? Si su actividad era un trabajo social que buscaba construir país y ofrecer la información para que las comunidades vulnerables iniciaran sus propios caminos de participación, sin más armas que el ejercicio de sus derechos como ciudadanía establecidos en la constitución.

 

En el año 2002 y cuando ya sentía el clima enrarecido, mientras se encontraba en un evento de Jóvenes por La Paz, su casa en Armenia fue allanada y violentada por personas que parecían conocer muy bien aquel espacio y, quienes luego de amenazar a la joven que se encargaba del cuidado de sus dos niños pequeños, se llevaron el disco duro de su computador personal. Luego de la denuncia hecha, la Sijin (Seccional de Investigación Criminal) no encontró ninguna huella ni pista que pudiera dar con los asaltantes de la casa que María Nancy compartía con sus dos hijos pequeños y su pareja -quien por su trabajo de intermediación en el proceso de paz con el ELN (Ejército de Liberación Nacional) se encontraba en constante amenaza teniendo que llevar permanentemente un séquito de escolta oficial-.

 

Ante la nulidad de las acciones para dar con los culpables, las ONG’s a las cuales María Nancy brindaba apoyo, organizaron la Marcha simbólica de la CPU,en la que recorrieron las principales calles de la ciudad con un disco duro de cartón, exigiendo su devolución y condenando la invasión a su terreno íntimo y personal. Acción, que como es lógico, no pasó de una manifestación más en contra de la represión, y sin ningún culpable señalado.

 

La diáspora

 

 

El 20 de enero de 2003 la vida de María Nancy cambió para siempre. Las intimidaciones pasaron a ser amenazas directas por parte del grupo paramilitar Las Águilas Negras invitándola, por distintos medios, a elegir entre su vida o salir del país. El  seguimiento y vigilancia constante en la puerta de su casa se hizo insoportable, sintiendo la muerte cada vez más cerca y viendo peligrar su entorno más próximo. Ante el miedo que obligó a su gente más cercana a tomar distancia, no vio otra salida que la de abandonar su casa, iniciando así lo que ella misma denomina, su “diáspora”. Con el terror instalado en sus huesos, en una noche desmanteló su casa, regaló todo lo que en ella tenía -excepto su biblioteca- y junto con sus hijos inició la inquietante rutina de cambiar de vivienda cada pocos días, hasta que finalmente unos meses después y con el apoyo de Amnistía Internacional, concluye su huída una vez aterriza en Madrid, España.

 

 

La guinda a la situación de zozobra en la que se convirtió la vida de María Nancy se dio tres meses después, cuando los profesores del colegio donde estudiaban sus hijos frustraron el secuestro de los dos pequeños, con lo cual entendió que no había otra salida distinta a abandonar la ciudad. Es así como llegó a Bogotá para continuar su trabajo de sensibilización en la participación ciudadana con REDEPAZ y para apoyar el referéndum previo a la primera campaña de Álvaro Uribe a la presidencia de la República.

 

Resistiéndose a abandonar el país y luego de unos meses en la capital, la situación nuevamente se hace insoportable, pues los seguimientos tanto a ella como a sus hijos, las amenazas y la intimidación la alcanzaron allí obligándola a desescolarizar a sus pequeños y convirtiendo el miedo en su constante vital. Finalmente, en el mes de agosto de 2004, toma la decisión de abandonar y con la ayuda del CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular), REDEPAZ y otras organizaciones defensoras de derechos humanos, María Nancy y sus dos hijos, de ocho y nueve años, dejan Colombia de la mano de Amnistía Internacional.

 

La nueva vida

 

Haciendo parte del programa de acogida con Amnistía, una vez aterrizó en Madrid se vinculó a No más violencia contra las mujeres y, gracias a su experiencia en la cooperación con organizaciones como Intermon Oxfam, Save The Children y la Agencia de Cooperación Internacional, se vinculó a la Confederación de Castilla y León, para impartir charlas sobre cooperación al desarrollo.

 

Una vez instalada en Madrid y conocedora ya de las necesidades de la población exiliada, junto con otras cuatro activistas colombianas también exiliadas como ella y con quienes había hecho parte de la Constituyente de Mujeres por la Paz en Colombia, en el año 2004 creó la Colectiva de Mujeres Refugiadas y Exiliadas en España, como plataforma de denuncia a la violación de derechos humanos que se cometen a las mujeres en Colombia y como medio para divulgar las razones de su exilio.

 

Igual que muchos en situación similar, pasado el año de acogida que ofrece el programa de refugio que la ayudó a salir del país, pasó a hacer parte del engranaje de inmigración económica. Es así como sale al mercado laboral teniendo que hacer distintos trabajos para garantizar su subsistencia, esto sin abandonar el activismo como voluntaria en Amnistía Internacional, organismo que más adelante la contrató vinculándose a él en relación laboral por más de cinco años y en el cual se familiariza y sensibiliza con la problemática de las mujeres refugiadas en el mundo.

 

Los proyectos

 

María Nancy no tuvo problemas de adaptación a su lugar de acogida, pues la necesidad de salvaguardar la vida de sus hijos hizo que desde el primer momento se sintiera cómoda haciendo parte de la sociedad que la acogió. Hoy, después de 12 años de exilio, con sus hijos de 20 y 21 años adaptados completamente a la vida en España, no se plantea regresar a Colombia. Asegura que en el exilio encontró un país que la acogió desde el primer momento y en el que no se siente excluida por su activismo, pues ejercer su solidaridad en beneficio de las mujeres refugiadas no le supone ser incómoda para nadie, ni ser objeto de amenazas desde ningún frente.

              Foto: Archivo María Nancy Valencia.

 

Sus pasiones culturales y artísticas la están llevando a emprender proyectos de los que se siente orgullosa y a los que dedica todo empeño por sacar adelante. Con el grupo de la Colectiva, ha hecho propuestas de incidencia en las negociaciones que sobre la paz en Colombia se llevan en La Habana, buscando que el daño hecho a los exiliados sea tenido en cuenta a la hora de una reparación y que las cifras de los refugiados de Colombia cuenten para algo. Además, junto con otras mujeres activistas está terminando de dar forma a la puesta en marcha de un proyecto teatral sobre la problemática de la mujer exiliada, contada más allá de un discurso en una sala de conferencias. Lo que busca, por medio del teatro, es sensibilizar más allá del testimonio de denuncia ante un público que escucha, pero que no toma parte activa en la búsqueda de soluciones y propuestas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Foto: Archivo María Nancy Valencia.

 

Su otra pasión es la cocina y ha sido a través de ella como ha conectado con mujeres exiliadas de muchos países, dinámica que la ha llevado a querer impulsar un proyecto de Cocinas para el Mundo, en el que a través de la gastronomía se busque que las mujeres cuenten sus historias y el mundo las conozca. Segura está que las mujeres como tejedoras de vida tienen en sus manos, a través del arte, la cultura o la gastronomía, una herramienta poderosa para sanarse a ellas mismas y ser más abiertas al mundo, de manera que puedan contar sin dolor su experiencia de exilio y los nuevos caminos que están construyendo, con independencia de donde vengan y los motivos por los cuales se vieron obligadas a salir de sus países.

 

         Foto: Archivo María Nancy Valencia.

 

Así, esta paisa de sonrisa abierta y entusiasmo contagioso, trabaja incesante para sacar adelante sus proyectos, sus sueños y su vida, mientras continúa, en la distancia, haciendo su mejor esfuerzo para seguir aportando al fortalecimiento de la paz en Colombia con una visión más internacional. En ningún momento contempla el retorno, no solo por miedo de enfrentarse nuevamente a las amenazas contra su vida, sino porque le gusta vivir en España, está completamente integrada y es un país en el que se siente bien tratada y respetada. Cuando mira a Colombia,  es enfática al decir que le duele ver un país tan polarizado, tan guerrerista, tan conservador, tan conformista y cada vez más insensibilizado frente a la guerra, el dolor y la violación a los derechos humanos.

 

Foto: Archivo María Nancy Valencia.

COMENTARIOS

© La 13 Revista Virtual. Web Onca creativa