Leonora es una mujer que vive a conciencia el tiempo que le toca vivir. Antes, ese sello particular la hizo solidaria y trabajadora con comunidades que fueron afectadas por la violencia del paramilitarismo y ahora, exiliada en España, con mujeres migrantes del mundo que llegan al territorio que la acogió a ella, a su esposo y sus dos hijos.

Por: Luz Bibiana Pineda R.

Periodista

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La probabilidad de que se firme una paz real y duradera en Colombia está significando para Leonora Castaño Cano que la luz de un posible retorno a su país, en condiciones de seguridad, vuelva a brillar. Cree firmemente que con paz las circunstancias de su exilio pueden cambiar, pues los lazos que la unen a la tierra siguen vivos y, pese a la distancia, sigue tejiendo redes de solidaridad para las mujeres de su país. Por eso volver sería un gran sueño cumplido.

 

Ya son doce los años en que la distancia obligada la separan del trabajo que más satisfacciones -a la vez que más dolor- le ha aportado en la vida. La búsqueda y defensa del bienestar de las mujeres campesinas en todo el territorio colombiano y el aporte para el fortalecimiento de los derechos de las mujeres fue y sigue siendo para Leonora, esta vallecaucana de 59 años, el principal objetivo vital.

Fue activista y facilitadora de espacios que brindaron visibilidad a las mujeres campesinas del país y el trabajo con un sector tan marginal como el de las mujeres del campo la llevó a ser el blanco de amenazas constantes, hostigamientos y persecuciones que finalmente la empujaron a tomar la única vía que le garantizaba continuar con vida: el exilio. Con la exigencia por parte de grupos paramilitares para que “regresara a su rol de mujer”, no solo la intimidaron y amenazaron de manera constante y sistemática a ella y a su esposo, si no que se ensañaron haciéndolo con sus pequeños hijos de 5 y 8 años, hecho que finalmente terminó doblegando su ánimo y poniendo trampas a su entereza.

 

Para que en ella no se repitiera la historia de muchas de sus compañeras líderes regionales y dirigentes de su organización que fueron asesinadas, torturadas, violadas o desaparecidas, decidió ponerse a buen resguardo a 10mil kilómetros de distancia y es así como llegó a Alicante, en la Comunidad Valenciana, al sur de España.

 

Su pasión

 

El trabajo de Leonora en beneficio de los colectivos femeninos comenzó siendo ella muy joven y tomando como ejemplo la práctica de la solidaridad aprendida en el seno familiar. Su andadura comenzó haciendo parte de los proyectos dirigidos a las mujeres del campo ejecutados por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, ANUC, organización de la que muy pronto fue su Secretaria Femenina Nacional y con la que recorrió prácticamente todo el país organizando y fortificando las asociaciones de mujeres, y coadyuvando con la labor de recuperación de tierras robadas a familias campesinas desplazadas de las zonas más ricas del país.

 

A partir de esta experiencia, Leonora cofundó y dirigió la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas de Colombia, grupo dedicado a fortalecer el liderazgo de las mujeres menos favorecidas del país, abriendo espacios para su visibilidad, respeto y reconocimiento y a la defensa de su derecho a la titularidad de la tierra. Dicha organización, que creó junto con otras defensoras de las causas femeninas para posicionar sus derechos en todas las instituciones, leyes y políticas públicas, fue clave a la hora de abrir espacios para que en Colombia las mujeres campesinas ganaran autonomía mediante el apoyo recibido en la ejecución de sus proyectos rurales.

Pero lo que en esencia era y sigue siendo un trabajo noble que debería recibir el amparo y protección de todos los estamentos públicos y privados para fortalecerlo y multiplicarlo, resultó inquietante y amenazante a determinados sectores. Así es como en medio de la persecución a quienes lo lideraban, que incluyeron masacres, desplazamientos, violaciones y torturas, Leonora tuvo que ejercer su trabajo desde el momento mismo en que decidió poner el pecho para ayudar a las víctimas atropelladas por los tentáculos de la guerra.

 

En medio de un ambiente hostil, a partir de que ella y su grupo entraran a cuestionar el fortalecimiento del paramilitarismo en gran parte del territorio nacional y que decidieran mostrar los horrores que iban encontrando en el ejercicio de su trabajo, se convirtió en objetivo militar. Pese a ello y sin poder mirar para otro lado, apoyó la creación del Grupo Especial para la Atención de Denuncias en el intento de canalizar y, como organización, ser multiplicadoras de las denuncias que por violaciones a los derechos humanos contra las mujeres recibían a diario desde todos los rincones del país. Ante el incremento constante de hechos cada vez más violentos, decidieron dar a conocer los incontables casos a la comunidad internacional, mediante la divulgación de estas atrocidades ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

 

Pese a que la denuncia de la situación y de la crisis humanitaria sufrida al interior de la organización también fue puesta en la Mesa de Mujer y Conflicto Armado, consiguiendo que la Relatora Especial de Violencia Contra las Mujeres de Naciones Unidas hiciera presencia en Colombia, los efectos desproporcionados en la situación de acoso e intimidación a las mujeres de las áreas rurales y marginales se recrudeció, obligándola a ella y a otras líderes de su organización a abandonar el país.

 

El resultado encontrado en la búsqueda de justicia, fue ver cómo sus principales gestoras fueron cayendo una a una a manos de los grupos armados de ultraderecha. Otras activistas fueron desaparecidas junto a algunos miembros de sus familias sin que hasta la fecha se tengan noticias de su paradero. Algunas dirigentes fueron violadas, vejadas, torturadas y asesinadas y muchas otras, como ella, no tuvieron más escapatoria que optar por los caminos del destierro. Ante la imposibilidad de esquivar el acoso constante, en el año 2001 y por intermediación de la Comisión Colombiana de Juristas, encargada de llevar el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Leonora comenzó a vivir fuertemente custodiada y escoltada por las Brigadas de Paz, logrando así preservar su vida, más no cesar el hostigamiento mediante amenazas físicas y telefónicas.

 

El exilio

 

Junto con su esposo, que se desempeñaba como presidente del Sindicato Nacional Agrario, quien a su vez -por su labor en beneficio de los campesinos y trabajadores del agro- también estaba siendo amenazado, en el año 2003 decidieron tomar la vía del exilio y salvar así a sus hijos. Apoyados en los innumerables contactos que por su labor tenían con organismos defensores de los derechos humanos, optaron por emigrar a España contando con la ayuda de Amnistía Internacional. Sin cesar en su lucha por la divulgación de los horrores de la guerra en Colombia, una vez instalados en Alicante y como contraprestación al apoyo recibido por parte de la ONG de acogida, se dieron a la tarea de asistir a cuanto foro, congreso, conversatorio o encuentro se les invitó a lo largo y ancho de todo el territorio español, para dar testimonio de su historia y la de muchos de sus compatriotas, en el empeño de sensibilizar a la comunidad internacional frente a la grave situación de violación de los derechos humanos que quebrantaba y sigue minando la paz en su patria. Aun así y sin cesar en su activismo social, la mujer asegura que durante varios años se sintió inútil, desaprovechada en su capacidad de lucha y gestión a la que estaba acostumbrada y sin encontrar los espacios en los que sintiera que estaba prestando verdaderamente un servicio social y solidario.

 

La nueva vida

 

Leonora es enfática en decir que la adaptación a su nueva circunstancia no le resultó nada fácil. Sentir que llevaba una vida monótona minó su ánimo y la llevó a tener síntomas de depresión, costándole plantear un nuevo proyecto de vida con visión de futuro. El único aliento encontrado en aquella primera etapa fue ver que sus hijos sí se adaptaron muy fácil sin encontrar ninguna clase de reticencia a la nueva vida y la posibilidad de dedicarse a cuidar de ellos con esmero, le daba aliento en su búsqueda de asimilación a los cambios que suponía llegar a un nuevo país con realidades tan distintas a las conocidas. El proceso le llevó varios años, consiguiendo tan sólo hasta hace escasos tres una real aceptación del desarraigo, entendiendo que España era el lugar en el que aun tenía que pasar muchos años.

 

Pese a estar muy atenta de lo que pueda pasar con el proceso de paz, está segura que la tranquilidad no llegará al país sino pasados unos años, de tal manera que se ha hecho consciente de que tiene que asumir su nueva realidad con más vista a futuro, pues sus hijos ya son unos adolescentes y tienen una vida completamente hecha en su país de acogida, de tal forma que contemplar un retorno es una ilusión que mira con mucha más tranquilidad y tacto, pero que no abandona del todo. Si bien le puede dar mucha ilusión regresar y brindarles a sus hijos la cercanía de los afectos familiares, dar el paso también le genera demasiados temores a que se repita lo que propició su salida y la historia de volver a vivir el mismo pánico que la obligue a tener que optar otra vez por el desarraigo, la hacen pensarlo muchas veces sin lograr decidir nada al respecto, máxime cuando conoce de primera mano casos de algunas compañeras que volvieron y con ellas regresaron las amenazas que las han obligado nuevamente a salir.

 

Vivir con dignidad

 

En Vivir con dignidad, Historia de Vida de Leonora Castaño Cano, un libro escrito por iniciativa de una ONG y la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio de Exteriores de España y que escribió junto con Pilar Rueda (ex responsable de Mujer e Infancia de la Defensoría del Pueblo en Colombia), esta luchadora cuenta lo que fue aterrizar en un país tan distinto al suyo y lo que han sido sus actividades que han ido desde el activismo en organizaciones de mujeres, hasta desarrollar distintas labores de obrera para la subsistencia de su familia una vez que la ayuda de Amnistía Internacional cesó.

 

Estuvo en la gestación de la Cooperativa Trasnacional de Cuidado (cuidar aquí para garantizar el cuidado de sus mayores allá) creada para fortalecer, valorizar y hacer visible a nivel social el trabajo de los cuidados en España y Colombia, con sede en Pereira y apoyada desde la Comunidad Valenciana. Si bien no es una cooperativa de, o para refugiadas, sí está conformada por mujeres que como emigrantes, durante toda su estancia en España se han dedicado al cuidado de otras personas, especialmente mayores.  Esta cooperativa alcanzó su punto máximo de desarrollo cuando a consecuencia de la crisis que comenzó a sacudir a Europa en el año 2007, cientos de mujeres colombianas se vieron obligadas a retornar a su lugar de origen.

 

Hoy son muchas las actividades a las que Leonora dedica su tiempo y esfuerzos en pro de ayudar a quien lo necesita. Una de ellas y que hace que se sienta inmensamente orgullosa, es la colaboración que presta a su esposo, quien se encuentra al frente del Grupo de Acción y Desarrollo, GADES, una ONG dedicada a ayudar en la atención de la situación de crisis protagonizada por cientos y cientos de emigrantes que llegan a España por el Mediterráneo. De la misma manera y trabajando hombro a hombro con su pareja, aúnan esfuerzos en otra organización dedicada a la defensa del derecho a la vivienda para miles de familias con hipotecas impagables en distintas ciudades de España.

 

Por su parte, y en su intento de seguir colaborando con la pacificación de Colombia, está ayudando en la creación del Consejo de la Migración en Alicante y trabaja en la creación de la Plataforma Mesa de Apoyo a los Derechos Humanos de las Mujeres y la Paz en Colombia, plataforma que ya tiene vinculadas 24 asociaciones entre colombianas y españolas. En el mismo sentido, aporta en el desarrollo del Colectivo de Mujeres Exiliadas, Refugiadas y Migradas, creado en 2004 y que actualmente se está ampliando en varias comunidades de España, generando propuestas en términos de reparación a las víctimas en los diálogos de paz que se llevan a cabo en La Habana.

 

Agradece y admira las acciones de solidaridad que se despliegan en España, el país que la acogió con los brazos abiertos y que le ofreció  protección a ella y su entorno familiar, cuando se vio obligada a tocar sus puertas para salvar sus vidas. En este sentido, valora las acciones reales, tanto políticas como económicas que su país de acogida lleva a cabo para ayudar al necesitado. Aun así, asegura que nunca dejará de echar en falta la solidaridad que se desprende de los lazos tejidos de afectos, algo que se vive, se siente y se da de manera espontánea en su Colombia natal y que es imposible gestionar con dinero.  Por eso, para esta mujer de raíces campesinas apegadas al olor de la tierra, una casa de puertas abiertas, en la que siempre haya abrazos y comida suficiente para todo aquel que llega a saludar sin necesidad de anunciarse, no es sólo una utopía, es una forma de vivir que el exilio no ofrece y que siempre echará de menos.

 

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