Revista Trimestral

YARUMALES, UNA BATALLA POR LA PAZ

La cadena de afectos y la memoria resultaron ser una alianza potente para que María José Pizarro buscara  reunirse en los parajes caucanos con excombatientes del M-19, para seguir las huellas de su padre: Traemos al presente el relato de una reportera de La13, que caminó antes y ahora la historia.

 

Por: María Herminia Rojas Pacheco

 

En 1990 Carlos Pizarro lideró un largo y buscado acuerdo político de paz con el gobierno del entonces presidente Virgilio Barco Vargas, pero Pizarro fue asesinado 45 días después de la firma... Desde entonces, familiares, amigos y excombatientes del M-19 nos reunimos el día 26 de abril en el cementerio Central de Bogotá, o en  otros lugares de Bogotá y el país, hacemos tertulias, presentamos videos y otras actividades para conmemorar su memoria y legado.

 

Con motivo del aniversario número 25 del asesinato de Carlos Pizarro Leongómez,  Antonio, como lo llamábamos en el M-19, el pasado 21 y 22 de abril de este año nos encontramos un grupo de excombatientes y amigos que fuimos invitados por María José, a recorrer los caminos, encontrar los amigos, recobrar la memoria de los afectos y continuar en la consolidación y construcción de la paz, que también se logra con acciones solidarias que permitan estrechar las manos como hermanos y hermanas.

 

Fue así como llegamos a Corinto, Quebraditas y Yarumales lugares muy cercanos para unos, pero para otros quizá lejanos porque muchos aún no saben que la vereda de Yarumales, Cauca, también es territorio de Colombia.

 

Corinto está ubicado en la zona norte del Cauca, en las estribaciones de la cordillera central, entre el valle del Cauca y la zona montañosa del macizo  colombiano.

 

Después de nueve días y noches de permanencia de la guerrilla del M-19 en Corinto, (¿Cuándo? ¿Por qué? Aquí no se entiende) a donde acudieron periodistas, artistas, gente de todo el país y del mundo, con la apuesta común de encontrar alternativas para la paz. Fue tanta la confluencia que en aquel pueblo se agotaron los víveres y bebidas, la gente dormía en carpas improvisadas, en las calles, en las casas. La escuela y el parque también estaban abarrotadas de gente.

 

24 de agosto de 1984, firma de Acuerdo de Cese al fuego, Tregua y Dialogo Nacional 1

 

Tras la firma de un pacto de Tregua y Diálogo Nacional entre la guerrilla del M-19 y el gobierno, el grupo guerrillero de 170 combatientes se ubicó en la parte alta de la Vereda Yarumales2,  lugar que, según el Acuerdo sería respetado por el gobierno y la fuerza pública. Pero eso no se cumplió. En la primera semana del mes de diciembre de 1984 comenzaron los hostigamientos militares  al campamento y a la militancia del M-19 que saliera o entrara a la zona. El Ejército dispuso varios anillos militares, para  impedir el apoyo a la guerrilla y la entrada de logística, mientras las voceras y voceros también fueron víctimas de hostigamientos en las ciudades.

 

Los ataques se incrementaron a tal punto que a mediados de diciembre de 1984 el ejército atacó, por orden del Ministro de Defensa de entonces, General Miguel Vega Uribe. El M-19 se defendió durante 27 días con sus noches, frente a un ejército superior en efectivos y armas de infantería, artillería y aviación que se vio obligado a retirarse, el 7 de enero, sin lograr su cometido.

 

Después de 32 años volvimos a aquel lugar, en nuestro mes de abril, bajo lluvias copiosas, por caminos resbaladizos y un poco difíciles para desplazarse.

 

Éramos un grupo de mujeres y hombres ansiosos por volver a aquel lugar emblemático, que además es sagrado para la comunidad indígena Nasa, porque cada lugar guarda un pedazo  de la historia de Colombia.

 

Muy temprano en la mañana nos encontramos en la sede de la comunidad Nasa, en Corinto, para partir al lugar que guarda historia, memoria,  alegrías, tristezas, añoranzas y sueños. Antes de salir desayunamos con un sabroso caldo caliente de papa y carne, chocolate,  queso y arepa.

 

Después de desayunar, el Gobernador del Cabildo dispuso la formación de la Guardia Indígena, compuesta por  mujeres y hombres, niños y niñas, jóvenes y ancianos, que fue la encargada de acompañarnos todo el tiempo. El Alguacil Mayor de la Guardia impartió las instrucciones a seguir. Indicó que la Guardia, con sus bastones de mando, nos acompañaría en el recorrido; nos dijo que sus bastones eran símbolo de protección y cuidado de la comunidad y de los visitantes y, puntualizó, que Yarumales y sus alrededores  son  territorio de paz.  De forma solemne y con palabras suaves pero profundas, nos hablaba que debíamos respetar ante todo a la madre tierra y a los seres que habitan el lugar. Acordamos caminar con cuidado porque el terreno es liso, llevar capa para protegerse de la lluvia, llevar agua, estar unidos todo el tiempo, ayudar a la persona que se quedara rezagada y, ante todo, tener sentido de equipo y de pertenencia al grupo y acatar las orientaciones de la Guardia Indígena.

 

 

Después de esta corta pero profunda explicación subimos a las chivas, que son vehículos con seis asientos largos donde caben al menos 6 personas sentadas en cada uno. Sobre el techo de estas,  también iban personas. Era un viaje a la usanza de la región. Los rostros de todos los que íbamos allí se observaban felices, había bullicio y efusividad. Viajamos un trecho por una carretera pavimentada y luego por una carretera destapada por la ladera de las montañas. El clima frío y agradable. En la primera parte viajábamos por terrenos cultivados de caña de azúcar, más adelante  comenzamos a ver cultivos de las comunidades: moras, tomate de árbol, gulupas, fruta de color morado parecida al maracuyá, conocida como la fruta de la pasión; la planta de marihuana utilizada desde épocas ancestrales por la comunidad nasa para mitigar el hambre y curar enfermedades. El verde en todas sus tonalidades hacía de aquellas montañas un lugar paradisiaco.

 

A lo lejos se veían unas nubes densas sobre una montaña.  Allá estaba Yarumales. Poco a poco la chiva iba como rodeando la montaña. Pasamos por la vereda Quebraditas hasta llegar a Yarumales. Por el camino a nuestro paso, la gente nos observaba y saludaba.

 

Después de 32 años de haber estado allí volver a sentir el olor de las plantas, observar las tenues nubes que a veces aparecen y desaparecen como por arte de magia, da la sensación de algo apacible y seguro. En aquel lugar había una casa grande con tejas de barro, muy antigua. De ella solamente queda mi recuerdo. Ahora un baño en mal estado y una casa humilde hecha de trozos de madera ocupan su lugar.

 

Este pedazo de tierra es hermoso, con gran variedad de verdes, el olor a yerba que se percibe te invade y te abraza, te brinda tranquilidad, a pesar de haber sido un lugar de contienda la pasividad está implícitamente asociada a esos seres que se defendieron allí, que en lo profundo de sus principios buscaban la paz, no querían la guerra.

 

Cuando llegamos a la casa mencionada  cada quien hacía comentarios de lo que allí había ocurrido; hablaban que en aquel lugar habían aflorado la fraternidad y la solidaridad; recordaban que entonces eran jóvenes y con deseos de libertad; recordaban historias de amor; recordaban las noches enteras haciendo trincheras y hasta se reían de los momentos azarosos, de cuando venía el helicóptero a rafaguear y a tirar granadas.

 

Cada pedazo de terreno alberga una parte de la historia. Recordar a Marianita, la joven soñadora, amante de la naturaleza, que quería ayudar a transformar el mundo, pero a quien la onda expansiva de una granada de mortero nos la quitó. Ella era de piel muy blanca, cabello negro, ojos negros, tal vez tendría 22 años de edad. Recordar a Mariana me entristecía y alegraba a la vez, porque veía en ella su sonrisa y calidez, el amor por la vida. Amaba con intensidad lo que vivía a cada momento.

También pensaba en los amigos campesinos o citadinos que, arriesgando sus vidas, esquivando los anillos de seguridad del ejército, caminaban por entre trochas, pantanos o acantilados para llevar a los guerrilleros, pan, fríjoles, maíz, harina, fósforos, plátanos, yucas, abrigo, periódicos o lo que ellos tuvieran al alcance. Si uno se pregunta ¿por qué hacía estos sacrificios?, ¿por qué arriesgaban sus vidas y las de sus familias? Se puede contestar como una campesina que decía que para muchos de ellos el saber que se estaba luchando por justicia social y que un día Colombia iba a ser diferente, era esperanzador.

 

En este recorrido recordamos valerosos seres que arriesgaron sus vidas por una Colombia mejor. En alusión a la vida se sembraron 19 árboles nativos de la zona como símbolo de la vida y del respeto por aquella tierra y sus habitantes.

 

Hoy la paz sigue siendo una esperanza, una búsqueda, que una gran parte de colombianos y colombianas seguimos en el empeño de consolidar. Vivir en paz nos permite, sin distinción, alcanzar los sueños y esperanzas; en armonía es posible crecer sin tener que pasar por encima de nadie.

 

1 Corinto municipio del Cauca, donde  la guerrilla del M-19 estuvo durante 9 días en el marco de la firma de un pacto de tregua para un gran Diálogo Nacional entre el gobierno y la guerrilla del M-19. Fue así como el 24 de agosto de 1984 simultáneamente fue firmado el pacto en Corinto y  Hobo, con el M- 19 y con el EPL en Medellín. Sobre este pacto el presidente de Colombia Belisario Betancur se dirigió a la nación colombiana a través de radio y televisión para informar entre  otros temas sobre la firma de Cese al juego, a partir del 30 de agostos de 1984 a la una de la tarde. A la vez que ordenaba a las fuerzas militares no atacar a la guerrilla del M- 19 y el EPL. Ver Darío Villamizar: Aquel 19 Será, Bogotá, Planeta Colombiana Editorial S.A., 1995.

 

2 Yarumales lleva este nombre porque allí crece el árbol yarumo, que se extiende desde México hasta América del Sur. Algunos árboles miden hasta 17 metros de altura, todas sus partes tienen propiedades curativas. http://aplicaciones2.colombiaaprende.edu.co/concursos/expediciones_botanicas/ver_herbarios_p.php?id=918&id_p=6744

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